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Construí a Alice, mi asistente de IA. Spoiler: no fue en un día.

Construí a Alice, mi asistente de IA. Spoiler: no fue en un día.

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Construí a Alice, mi asistente de IA. Spoiler: no fue en un día.

Cuarta entrada. Sobre construir una asistente de IA, conectarla a WhatsApp y a un CRM, y descubrir que se parece más a dirigir una producción de lo que imaginaba.

Todo empezó con una idea bastante simple, casi de flojo: quería una asistente que contestara WhatsApp por mí.

No un chatbot de esos que dicen “hola, ¿en qué puedo ayudarte?” y después no ayudan en nada. Quería algo que de verdad me quitara trabajo de encima. Que alguien pudiera escribirle como le escribiría al estudio, que ella entendiera qué necesita, hiciera las preguntas correctas y me dejara el terreno listo.

La llamé Alice.

Y lo que empezó como “una asistente para WhatsApp” terminó obligándome a pensar en muchas cosas que no tenían nada que ver con contestar mensajes.

Por fuera parece una conversación. Por dentro, es un sistema.

Alguien le escribe a Alice y ella responde. Conversa, entiende qué necesita el cliente y hace preguntas sin que se sienta que está llenando un formulario. Mientras tanto, va reuniendo lo que importa: quién es, de qué empresa, qué tipo de proyecto tiene, presupuesto y tiempos.

Pero lo interesante sucede donde nadie lo ve.

Mientras platica, Alice está conectada a un CRM que construí para el estudio. Crea o actualiza el registro de la persona, organiza la oportunidad y detecta cuándo hace falta que yo entre a la conversación. Si aparece un proyecto que necesita mi atención, me manda una alerta por WhatsApp con todo el contexto.

Después le construí una parte privada, solo para mí. Le hablo como le hablaría a alguien del equipo: “¿qué sabemos de Valeria?”, “marca este prospecto como contactado” o “ponlo en propuesta”. Ella consulta la información, me responde y hace el cambio.

Sin abrir otra plataforma. Sin llenar campos. WhatsApp se convirtió en una manera de operar mi negocio.

El momento en que dejó de hablar y empezó a hacer

Hubo un instante exacto en que todo cambió para mí.

Le escribí a Alice: “marca a Valeria como contactada”. Me respondió: “Listo”. Hasta ahí podía ser cualquier IA diciendo algo convincente.

Entonces abrí la base de datos para comprobarlo.

El estado había cambiado. Valeria aparecía como contactada. No era una respuesta bonita ni una simulación: había ocurrido una acción real.

Ahí Alice dejó de ser una conversación con una IA y se convirtió en una herramienta capaz de hacer algo fuera del chat. Suena chiquito, pero no lo es. Es la diferencia entre una demo que impresiona y algo que realmente sirve.

No salió a la primera. Ni a la segunda.

Si te cuento esto como si hubiera funcionado perfecto desde el principio, te estaría mintiendo. Y este blog no es para eso.

Al inicio, Alice llegó a decirme que había actualizado algo cuando la acción en realidad había fallado. Me decía “ya quedó” sin que quedara. Tuve que cambiar una regla básica: nunca puede dar una acción por terminada hasta comprobar que sí ocurrió.

Después vinieron los permisos. Alice entendía lo que le pedía, intentaba guardarlo y fallaba por una configuración interna. Corregí, volví a probar y a la siguiente jaló.

Y mientras escribo esto hay otra puerta a medio abrir: los recordatorios.

Le digo “recuérdame en dos minutos revisar mi correo”, ella guarda la instrucción con la hora exacta y el proceso automático la encuentra. Vi todo el recorrido funcionar de principio a fin… hasta el envío. En ese último paso, WhatsApp rechazó el mensaje porque mi integración necesita una plantilla aprobada y la mía sigue en revisión.

Todo funcionando y la última puerta cerrada por un permiso de un tercero.

Eso también es construir con IA. No solo escribir un buen prompt, sino hacer que modelos, bases de datos, permisos, APIs y reglas que no controlas consigan trabajar juntos.

También tuve que enseñarle a comportarse

No todo fue técnico. Una buena parte del trabajo estuvo en la personalidad.

Al principio Alice sonaba demasiado vendedora. Elogiaba de más y hasta a mí me echaba porras por cualquier cosa. La fui corrigiendo para que hablara como alguien de un estudio creativo de verdad: cercana, breve, profesional y con criterio. Que primero entienda al cliente y después vea cómo puede ayudarlo.

Conmigo se comporta distinto porque sabe que soy el dueño y actúa más como asistente. Decide qué información mostrarme, cuándo pedirme una confirmación y cuándo simplemente ejecutar.

Terminé escribiendo no solo qué debía hacer, sino cómo debía decirlo, qué tono usar y con quién.

Y sí: se parece muchísimo a dirigir un personaje.

Construir un agente se parece mucho a dirigir

Ese fue el aprendizaje que no vi venir.

Construir a Alice tiene mucho en común con dirigir una producción audiovisual. La herramienta, por sí sola, no resuelve nada. El trabajo está en las decisiones: qué debe hacer, qué no debe hacer, cuándo actuar, qué información necesita, qué pasa cuando algo falla y cómo mantener todo consistente.

En un rodaje, la cámara no decide dónde ponerse ni qué tiene que sentir la audiencia. Con Alice pasa lo mismo. Puede usar modelos potentísimos, pero sin una dirección clara sería otro chat más.

La IA ejecuta. El criterio sigue estando detrás.

Durante años mi trabajo ha sido ayudar a que las marcas se vean y se comuniquen mejor. Con Alice entré en otra capa: no solo pensar cómo se ve una marca, sino cómo opera.

Hasta ahora había ayudado a las marcas a verse mejor. Con Alice empecé a pensar también en cómo pueden funcionar mejor.

Alice todavía no está terminada. Y eso me gusta.

No voy a cerrar esto diciendo “miren el increíble agente que construí”. Sería mentir.

Alice se sigue construyendo mientras escribo estas líneas. Hoy ya guarda, consulta y modifica información. Apenas está aprendiendo a manejar recordatorios y Meta todavía está decidiendo si me deja mandar uno automáticamente por WhatsApp.

Está incompleta. En progreso. Con cosas que todavía fallan.

Y eso es justo lo que hace que la historia sea real.

Por eso el título hace un poco de trampa. No hubo un día en que construí a Alice. Hubo muchos. Cada vez que parecía lista aparecía otra capa que resolver, y sospecho que va a seguir siendo así durante un buen rato.

Hoy hace cosas que hace unas semanas solo existían en una nota de mi celular. Mañana seguramente encontraré otra que corregir.

Supongo que así se construyen las herramientas que terminan sirviendo de verdad: probándolas, rompiéndolas un poco y volviéndolas a poner a trabajar.

—Germán



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