Marca

Hecho para verse. Empezando por lo mío
La primera entrada. También la que más trabajo me costó escribir.
Mi abuela decía: “En casa del herrero, cuchillo de palo”.
Yo pensaba que era una de esas frases de señora que servían para todo. Años después entendí que sí. Y peor: que estaba hablando de mí.
Llevo más de ocho años trabajando en producción audiovisual, dirección creativa y marketing para marcas, desarrollos inmobiliarios y proyectos que necesitan contar mejor lo que hacen. Me clavo en el encuadre, en la palabra exacta y en ese segundo de video que consigue que alguien deje de hacer scroll.
¿Y mi propia marca? Ahí estaba. En pausa. Guardada en la carpeta más peligrosa de todas: “Luego”.
Ese “luego” me duró como seis años.
Trabajar en lo propio es otra historia
No soy el único. Es casi un chiste interno entre quienes nos dedicamos a crear para otros.
Diseñadores con un portafolio de hace tres trabajos. Fotógrafos que no se dejan fotografiar. Productores con discos duros llenos de proyectos increíbles que nadie más ha visto. Gente de marketing que puede construir una estrategia completa para una marca y tarda tres semanas en escribir su propia biografía de Instagram.
Desde fuera parece absurdo. Desde dentro tiene bastante sentido.
Cuando trabajas para un cliente hay una fecha, un objetivo y alguien esperando la entrega. Cuando el proyecto es tuyo, siempre aparece algo más urgente. Además, hablar del trabajo propio tiene una dificultad especial: hay que decidir qué mostrar, cómo contarlo y, quizá lo peor, aceptar que uno también quiere ser visto.
Durante mucho tiempo me escondí detrás del trabajo de mis clientes. Yo decía que era porque prefería que hablaran los proyectos. Una parte era verdad. La otra era comodidad.
Porque no mostrar lo que haces no te vuelve más humilde. Solo hace más difícil que alguien te encuentre, entienda tu trabajo o piense en ti cuando aparece el proyecto correcto.
Lo que una marca personal sí debería mostrar
No creo que tener un sitio desactualizado convierta a alguien en mal creativo. Sería ridículo decirlo después de haber tenido el mío en pausa durante seis años. Pero la manera en que una persona presenta su trabajo sí deja ver algo de su criterio.
Un portafolio no necesita tener cincuenta proyectos ni una explicación complicada para cada uno. Tiene que ayudarte a entender qué hace esa persona, cómo piensa y por qué tomó ciertas decisiones. Las imágenes bonitas llaman la atención; el criterio detrás de ellas es lo que realmente distingue el trabajo.
Eso es lo que quiero hacer aquí: no solo enseñar el resultado final, sino abrir un poco el proceso.
Contar qué hubo detrás de una producción, por qué una idea funcionó, qué salió mal durante una grabación o cómo una decisión de marketing cambió por completo una pieza. También hablar de las herramientas de inteligencia artificial que ya forman parte de mi trabajo, sin venderlas como magia ni convertir esto en un manual técnico.
Porque una cámara, un dron o un modelo de IA pueden hacer cosas impresionantes. Pero siguen necesitando a alguien que sepa qué quiere decir y para qué lo está diciendo.
El día que guardé el cuchillo de palo
Este sitio es mi manera de dejar de mandar lo propio al final de la fila.
No quiero que el blog sea un catálogo disfrazado ni una colección de textos escritos para caerle bien a Google. Quiero que sea un lugar donde pueda pensar en voz alta sobre producción audiovisual, dirección creativa, marketing, tecnología y todas las decisiones que normalmente se quedan fuera del encuadre.
Habrá proyectos, detrás de cámaras, errores que en su momento no dieron risa y cosas que voy aprendiendo sobre la marcha. Todo contado como me habría gustado encontrarlo a mí: claro, directo y sin sentir que estoy tomando una clase.
Si algún día terminamos trabajando juntos, increíble. Y si no, espero que al menos te lleves una idea útil, una referencia o una forma distinta de mirar tu próximo proyecto.
Para mí, ese ya es un buen trato.
Bienvenido. Esto apenas empieza

