IA

La IA no me va a quitar el trabajo. No saber qué decir, sí.
ercera entrada. Sobre usar inteligencia artificial sin creerle todo ni tenerle miedo.
Cada cierto tiempo alguien me lo pregunta, entre broma y en serio:
“¿Y con toda esa IA no te vas a quedar sin chamba?”
La respuesta corta es no. La respuesta larga es más interesante y tiene una pequeña trampa.
Porque sí, la inteligencia artificial ya hace cosas que hace tres años parecían imposibles. Pero todavía hay una parte del trabajo que no puede resolver por sí sola.
Y es justo la que más importa.
Uso IA todos los días. No es ningún secreto.
Empecemos por lo honesto: la IA ya forma parte de cómo trabajo. No como adorno ni como truco para presumir que estoy usando la herramienta del momento. La uso igual que una cámara, un dron o cualquier otra cosa que me ayude a convertir una idea en algo que se pueda ver.
Genero imágenes de referencia que antes me habrían costado horas de búsqueda. Pruebo movimientos de cámara y estilos visuales antes de montar el equipo. Trabajo con voces y locuciones, exploro distintas versiones de una escena y descarto más rápido lo que no funciona.
Y no, eso no me hace menos creativo. Me permite probar más ideas antes de enamorarme de una que quizá no era tan buena.
La IA no empezó a pensar por mí. Simplemente me dejó experimentar más rápido.
Decir que usarla es hacer trampa me suena parecido a decir que una cámara digital hace trampa porque ya no tienes que revelar las fotos en un cuarto oscuro. La herramienta cambió. La responsabilidad de saber qué hacer con ella sigue ahí.
Lo que la IA todavía no resuelve
La IA puede generar una imagen espectacular. Puede darte cien versiones de una escena mientras te tomas un café. Puede escribir un guion aceptable, generar una voz o sugerir un encuadre.
Lo que no sabe por sí sola es qué quieres decir, por qué quieres decirlo y a quién necesitas llegar.
Puedes pedirle “un video épico de una torre” y probablemente te entregue algo impresionante. Pero no sabe si esa torre tiene que comunicar lujo, solidez o pertenencia. Tampoco sabe qué necesita sentir la persona que podría comprarla para pasar de “qué bonito” a “quiero vivir ahí”.
Eso no lo resuelve un prompt por sí solo.
Lo vi muy claro en un proyecto para Mamut Capital. Hicimos una escena generada con IA en la que un barbero contaba que guardaba su dinero en el colchón. El cliente le hablaba de una aplicación de inversión y el barbero se sorprendía tanto que terminaba rapándolo por accidente.
El remate era: “Ay, qué Mamut”.
En el guion funcionaba. Técnicamente también: la escena existía, se veía bien y la historia se entendía.
El problema aparecía en el momento más importante.
La cara del barbero hacía algo parecido a sorprenderse, pero el chiste no terminaba de caer. Faltaba ese pequeño cambio en la mirada, la pausa antes de pasar la máquina y el instante exacto en el que la reacción tenía que provocar risa.
La imagen estaba ahí. La emoción, no del todo.
La pieza salió y cumplió su función. Pero yo sabía que no era lo mismo que dirigir una reacción real. Ese timing, esa intención y esa capacidad de reconocer cuándo un momento funciona siguen necesitando a alguien detrás.
La IA hizo la escena. La dirección seguía siendo humana.
Lo que sí está cambiando
También sería ingenuo decir que la IA no va a reemplazar nada. Ya está reemplazando partes del proceso: búsquedas, primeras versiones, tareas repetitivas y horas de ejecución que antes parecían inevitables.
Eso cambia el trabajo. También nos obliga a cambiar a quienes nos dedicamos a esto.
Si hoy es más fácil producir una imagen que se vea bien, entonces ya no basta con entregar algo bonito. Hay que tener una idea, entender el contexto y saber por qué una decisión funciona mejor que otra.
Y esa parte también me incomoda un poco, porque me obliga a no esconderme detrás del equipo o de lo difícil que fue producir algo.
Si las herramientas hacen más sencilla la ejecución, mi trabajo tiene que estar cada vez más en la idea y menos en presumir todo lo que tuve que hacer para conseguirla.
Cualquiera puede generar una imagen atractiva. La diferencia aparece cuando esa imagen tiene una intención y forma parte de algo más grande.
Así que no, la IA no me preocupa como una amenaza. A veces me ahorra horas, a veces me sorprende y otras veces me entrega un personaje que parece estar pensando en qué va a cenar mientras debería estar viviendo el momento más importante de la escena.
Por eso la uso todos los días.
Pero todavía no decide por mí.
Bienvenida la IA. El criterio lo sigo poniendo yo.

